En un nuevo aniversario del Día de las y los Periodistas llegamos con reflexiones repetidas pero que no pierden validez aunque no sean novedad. Son más preocupaciones que análisis las que convergen sobre nuestra profesión en todas sus facetas y que marcan nuestro trabajo diario. En paralelo al salario que no alcanza se precarizan las condiciones laborales, crece el multiempleo, se extiende el fraude laboral y la degradación de nuestra salud y la de nuestras familias ante la caída de ingresos -entre otras razones- que ponen en peligro las prestaciones de la obra social. Sin olvidar el desafío que representan las plataformas digitales y la aplicación de la inteligencia artificial.
Junto a este cuadro complicado, ser periodista en esta época se ha convertido en una tarea con riesgos reales desde el mismo momento en que el presidente de la Nación, Javier Milei, convocó a odiar más a los periodistas, con especial ensañamiento en las mujeres periodistas. Es un hostigamiento que se ha derramado hacia otros estamentos y ha generado situaciones donde el odio se ha hecho notar. Para agravar más la situación, el gobierno ha logrado con demasiadas complicidades que se apruebe una ley mal llamada de modernización laboral que lo único que reforma y anula son los derechos de las y los trabajadores conquistados en décadas. En el caso de Prensa, la pretensión es eliminar desde enero del 2027 el Estatuto del Periodista Profesional que es el eje de nuestra legislación protectoria. Ley que define al periodista, sus funciones, derechos profesionales y defiende la libertad de expresión. Inaceptable. Su defensa, junto a la del Estatuto del Empleado Administrativo de Empresas Periodísticas, es irrenunciable.
No es victimización la denuncia de este múltiple malestar. Es tratar de que no se naturalicen ataques mediáticos o por redes sociales, o contra nuestros derechos, sino también agresiones en algunas coberturas que pueden terminar de manera peligrosa. Más cuando quienes son responsables de protegernos se convierten en actores de la agresión. Ejemplo contundente, el caso del fotógrafo Pablo Grillo, y en lo que nos toca se exterioriza de muchas formas; una de ellas es la falta de auténtica protección de quienes deben cuidar la vida pública y garantizar la integridad de las compañeras y los compañeros con las coberturas en exteriores sobre lo que sucede y se debe informar.
Tenemos también una necesidad imperiosa de conectarnos mejor con nuestras audiencias y lectores, que requieren de la información como un gran insumo para tomar decisiones cotidianas o extraordinarias. Somos conscientes de que, en definitiva, esa es la esencia de nuestra profesión. Y también que, recíprocamente, la sociedad debe comprender que las y los periodistas, ya como cronistas, fotógrafos, camarógrafos, comentaristas o en la función que fuere, no son los propietarios de los medios de comunicación. Esto implica directamente que no son quienes deciden la línea editorial del medio ni lo que se cubre o no, lo que se informa o no. Esta falta de diferenciación es el nudo de muchas confusiones en la opinión pública, que intentamos superar.
Las periodistas y los periodistas somos trabajadores de prensa, acentuamos en esta reflexión el sujeto de trabajadores porque como tales nos desempeñamos y por lo que ganamos un salario. Son nuestros empleadores los que asignan las tareas periodísticas y fijan las conductas editoriales de sus medios.
Como periodistas somos los primeros en defender el trabajo periodístico. Nos importa nuestro oficio porque sabemos que la información es una materia sensible que suele incomodar a los poderes económicos y a los poderes políticos -en todos sus estamentos: nacional, provincial y municipal- y en consecuencia las presiones se hacen notar como censura, imposición o como autocensura. Y esa suele convertirse en una batalla, a veces silenciosa, pero batalla al fin por poder ejercer con dignidad nuestra profesión.
Reafirmamos que la comunicación como trabajo periodístico es nuestro patrimonio, y por carácter transitivo lo es de toda la sociedad, de las instituciones que la integran -cada día más degradadas-, de las organizaciones libres y de las y los habitantes de nuestra provincia cualquiera sea su condición. Y como todo patrimonio hay que resguardarlo, preservarlo, mejorarlo. Ese es nuestro propósito: honrar la verdad, contar lo que pasa, lo que les sucede a nuestras/os compatriotas, sin que intereses de otro orden interfieran en esta trama.
Establecer este diálogo ayuda a entender mejor nuestra profesión, a corregir errores, a profundizar en lo esencial. Una sociedad con información verdadera, elaborada con principios éticos, con perspectiva de género, con igualdad y diversidad, puede transformar la realidad en vista de una vida mejor.
Con todo lo dicho, hoy es nuestro día y saludamos con orgullo a las compañeras y los compañeros periodistas, renovando el impulso para luchar en unidad por todo lo que falta y por la plena vigencia de los derechos colectivos, en primer lugar nuestro estatuto.
Rosario, 7 de junio de 2026
Descargá el documento aquí